El arte de la discusión
31 de Enero de 2010
Santo Tomás de Aquino (1225 - 1274)
Como bien sabían nuestros clásicos medievales, maestros, sin parangón en la historia, en el noble arte de la discusión, discutir es el más alto grado de racionalidad que puede mostrar un hombre. Por dos sencillas razones:
1) Discutir de verdad, requiere un gran esfuerzo y análisis lógico para entender, examinar y diseccionar los argumentos del otro, para poder contraatacaros.
2) Discutir, en realidad no vale para nada. Es un simple ejercicio lógico, en el que el hombre por medio de frases encabalga argumentos que reafirman lo que ya creía previamente, es decir, que ya tenía razón. Nunca se ha dado el caso que a alguien que cree firmemente en algo y lo pone a discusión, se le convenza de lo contrario. Y eso es lo increíble del discutir humano, que es lo más elevado y lo más inútil, es más, de elevado es inútil, e incluso que de inútil es elevado, como la filosofía, que en esencia es discusión.
Digo «discutir de verdad» porque la mayoría de la conversaciones que se tienen no son discusiones, sino simples intercambios de frases, e incluso argumentos, con más o menos exabruptos intercalados, en el que uno dice lo que le place y el otro reponde también lo que le place.
Contraargumentar sin haber estudiado lo que dice el otro, sino simplemente tratar de imponer tu criterio llevando la conversación a tu territorio a base de argumentos que solo a ti te son conocidos, es un hecho, que no por habitual, no deja de ser grave. Es, simplemente, el modo de discurrir del sofista, del político, del totalitario y por supuesto del necio -muchas veces sofista, político, totalitario y necio van unidos, otras no-.
Santo Tomás de Aquino -y toda la escolástica- sabía que para discutir o contraargumentar algo, de verdad, había que llevar tus argumentos al terreno del otro. Es decir, no vale con decir algo que suene parecido pero que en realidad no diga nada sobre la materia en cuestión, ni intentar llevar a tu terreno una cosa que ya había sido planteada en el terreno del otro, sino que usando las armas que el otro te ha dado hay que combatirle. Si estás en un combate medieval no vale usar bazocas, y esa suele ser la famosa extrapolación de la historiografía y doxografía moderna. Todo lo analizan en su terreno para juzgarlo y llegar a la conclusión que como el ahora no hay nada. De hecho, eso es lo más pérfido que se puede hacer; contraargumentar tomando el argumento del otro pero manipulándolo sutilmente para llevarlo a tu terreno. Es el gran truco del político y del necio, y si no andas con ojo, puedes caer en él, haciéndote, incluso, defender argumentos que tú nunca has dicho.
De ahí que el noble y santo Tomás de Aquino, se encolerizara, por primera y única vez en su vida con Siger de Brabante, que manipulando argumentos del Aquinate, llegó a la conclusión de que Santo Tomás creía en una real contradicción entre Fe y Razón, cosa, evidentemente inaceptable para Tomás.
Siger hizo trampas para poder imponerse en la discusión. Santo Tomás no cayó en ella. Si lo hubiera hecho, la historia de la filosofía, de la teología, de la cristiandad y general de la humanidad, hubiera cambiado significativamente.
En conclusión, en una país como el nuestro donde primero te miran el carné de partido para así poder saber todo lo que piensas sin preguntarte más -y lo peor es que suele ser cierto-, plagado de clichés donde adjetivos tipo «fascista» están a la que saltan, lo mejor es recluirse en lo clásicos, incluso los clásicos de hoy día, y dejarse llevar por la brillantez de su genio.








