
Llevamos unos días que la muerte ha sido noticia. Primero, los seis años del atentado de Atocha, después Delibes, Alex Chilton y también una muerte cercana que siempre son las más dolorosas por todo lo que conllevan.
Todo esto me ha llevado a plantearme hacer un blog, desde la filosofía, sobre la muerte. Hay múltiples maneras de abordar esta temática, desde el punto metafilosófico, que es el que estoy aplicando ahora, hasta el más habitual en nuestras universidades que no es otro que el de dar citas y citas de lo que otros dicen para mostrar dos cosas: 1 ) Todo lo que has leído y 2) Lo poco que piensas. La erudición sustituye a la filosofía, al pensar por uno mismo. Cuando éste es el único, y más maravilloso y complejo, quehacer del filósofo.
Intentaré ser original: Warhol decía que sobre la muerte no podía decir nada porque sencillamente no había estado allí para contarla. Ni él ni nadie. Como no soy hindú, ni platónico, no creo en ningún ciclo de reencarnaciones, por tanto, afirmaré lo mismo que Warhol; de la muerte no sé nada en sí. No sé qué significa personalmente, pero sí pretendo saber qué significa el hecho de la muerte para una persona. Es, probablemente, el objeto de todo saber trascendental, como la religión, la metafísica o incluso el fin último de la ciencia.
La muerte es el único hecho objetivo e inamovible que ocurre en nuestras vidas. Desde que tenemos consciencia de nosotros mismos y del mundo, lo único que podemos afirmar con firmeza, sin temor a equivocarnos, es que vamos a morir. Y esto nos hace temerla. No tememos a lo desconocido, tememos lo que no podemos controlar de ningún modo.
Lo curioso, a primera vista paradójico, es que este hecho terrible, la muerte, hace que el humano cree cosas, desarrolle el conocimiento, construya mecanismos transcendentales complejos y bien acabados, y lo que es más curioso, se aferre a su vida como lo más valioso. Es falso que la filosofía y la ciencia nacieran de la admiración hacia el mundo, como suele decirse cuando se explica en las escuelas a Tales de Mileto, sino que nacieron de la conciencia del hecho de la muerte. Y así nace todo posible saber.
Es el miedo a la muerte, a lo que no podemos controlar, lo que nos ha empujado a crear el saber filosófico, científico y religioso, que no son más que tres maneras, las mejores y quizás únicas, de explicar un hecho inexplicable o incluso de algo mucho más sencillo y terrenal, de «entretenernos» en esta vida sin pensar que pronto se va a acabar. Es lo que Heidegger llamaba «vida inauténtica», la que no nos lleva a preguntarnos constantemente por el verdadero sentido de nuestro ser, sino a simplemente vivir, ya sea consumiendo, jugando, hablando, entablando relaciones, etc. La vida auténtica llevada al extremo, la vida real, es invivible. Nos conduciría al suicidio. Que es la única manera de controlar lo incontrolable. Pero a nosotros nos gusta vivir la vida, y la defendemos, esa vida inauténtica que el conocimiento y saber humanos ha creado y seguimos creando. Un gran castillo de naipes, un gran artificio, que es nuestro «estar en el mundo», nuestra vida. La vida es humo, pero un humo nuestro. Y gracias a ese humo, mentes como la de Platón, Aristóteles, San Agustín, Santo Tomás, Leonardo, Galileo, Kant, Goya, Einstein, y algunos otros, han creado una nueva forma de vivir y de estar aquí, ni mejor ni peor, simplemente diferente y única.
Si la muerte no existiera, nada existiría. Lo único que da sentido a nuestra vida, que por inauténtica es genuina, es el hecho de que ésta se acaba. Un ser inmortal no desarrollaría lenguaje, no comería, ni copularía, no se reproduciría, no pensaría, no crearía, no imitaría, no se reiría, no lloraría, no viviría lo inauténtico, esto es, no sería nada.
Cómo no, son dos maestros de la literatura, Jorge Luis Borges y Michel Houellebecq, los que mejor y más fríamente han descrito lo que sería una vida sin muerte, una vida alejada de lo que nos «entretiene», es decir, una no-vida. Borges, en Los Inmortales, (El Aleph) lo plantea desde la pura ficción: «Sabía que en un plazo infinito le ocurren a todo hombre todas las cosas. Por sus pasadas o futuras virtudes, todo hombre es acreedor a toda bondad, pero también a toda traición, por sus infamias del pasado o del porvenir. Así como en los juegos de azar las cifras pares y las cifras impares tienden al equilibrio, así también se anulan y se corrigen el ingenio y la estolidez, y acaso el rústico poema del Cid es el contrapeso exigido por un solo epíteto de las Églogas o por una sentencia de Heráclito. El pensamiento más fugaz obedece a un dibujo invisible y puede coronar, o inaugurar, una forma secreta. Sé de quienes obraban el mal para que en los siglos futuros resultara el bien, o hubiera resultado en los ya pretéritos… Encarados así, todos nuestros actos son justos, pero también son indiferentes. No hay méritos morales o intelectuales. Homero compuso la Odisea; postulado un plazo infinito, con infinitas circunstancias y cambios, lo imposible es no componer, siquiera una vez, la Odisea. Nadie es alguien, un solo hombre inmortal es todos los hombres. Como Cornelio Agrippa, soy dios, soy héroe, soy filósofo, soy demonio y soy mundo, lo cual es una fatigosa manera de decir que no soy». Houellebecq en su Posibilidad de una Isla plantea el tema de la inmortalidad desde la ciencia, desde la clonación. La abulia, la nada, el nihilismo más absoluto llevan al protagonista, Daniel, y sus réplicas posteriores, que siguen siendo él, a huir en busca de lo «inauténtico», que no es otra cosa que la vida con el Fatum de la muerte.
La vida sin el trasfondo de la muerte, sin el Fatum, sin nuestro inequívoco destino, sería implanteable. Al igual que una muerte sin vida es imposible, una vida sin muerte carece de sentido, simplemente sin muerte no habría vida. Algo tan atroz y terrible como una vida que son todas la vidas -la inmortalidad es eso- no podemos imaginárnosla sino recurrimos a los mitos, a las parábolas, a las narraciones ficticias, porque un ser que de verdad no muriera, que llevara una vida «auténtica» en su máxima pureza sería, simplemente, el mismo hecho de la muerte. La no-vida viviendo, y eso, es una contradicción imposible.