Uno de los autores más geniales de la historia de la filosofía, por no decir también de la física, de la química, de la matemática y de la teología, es sin duda Blaise Pascal (1623-1662). Murió a los 39 años como suele decirse «de viejo». Su cabeza, su monstruosa genialidad, no daba más de sí. Cuando le hicieron la autopsia encontraron unas extrañas manchas negras en su cerebro, como si estuviera «quemado». Genial Blaise Pascal, precursor del irracionalismo de Schopenhauer y Nietzsche, sentimental, religioso, jansenista, anticartesiano, combativo, antijesuita, agustiniano, feroz rival -que se lo pregunten al ya viejo Descartes, impotente ante la genialidad de este joven-, ahí van unos cuantos hitos que nunca deberían ser olvidados para cuando digan que X jugador de fútbol es un genio, o tal músico de Pop y R&B lo es, o cualquier otro tipo con éxito. Ser un genio no es un grado, sino una condición, no los hay más geniales o menos, sino que lo eres o no.
El pasado día escribí sobre el Gebet an das Leben que Nietzsche compuso basado en un poema escrito por Lou Andreas-Salomé. Este artículo ha sido uno de los más leídos en la breve historia de este blog, y es que, sin entrar, aún, en las consecuencias que tuvo la filosofía nietzscheana en el pensamiento contemporáneo y en la forma del hombre actual de ver la cosas, Nietzsche es uno de los grandes poetas que jamás ha existido, un magnífico escritor que manejó la lengua como pocos han hecho. Y hoy no tengo otra intención de que disfruten con uno de sus Ditirambos de Dionysos el llamado “¡Sólo loco!, ¡Sólo poeta!”.
El otro día echándole un vistazo al blog de ArtGerust, me di cuenta que en breve se inaugurará un blog de música. Y esas cosas que pasan se me vino esa preciosa composición que Friedrich Nietzsche dedicó a la mujer de la que estaba enamorado, Lou Andreas-Salomé, sobre un poema que ella misma había escrito años atrás. Una historia de amor que merece un artículo aparte.
Cuando pensé en qué sentido se podía defender algún tipo de totalitarismo, llegué a la conclusión de que la única manera de hacerlo es situarse en la pura praxis: mandando uno mismo. Si uno no tiene como fin último alcanzar el poder, y utilizarlo de manera omnímoda y radical ―algo así como Kim Jong-il― no tiene sentido defender el totalitarismo, afiliarse en el partido de turno, y trepar puestos en el poder. Y no hablamos de ética sino de política.
La muerte de Sócrates, de Charles-Alphonse Dufresnoy
El otro día tenía una conversación, relativamente recurrente cuando uno ha estudiado filosofía, en la que mi interlocutor, interesado en adentrarse en el mundo filosófico partiendo desde cero, me preguntaba qué libro o libros o autor o autores le recomendaba para iniciarse en él.
Vulgarmente se suele considerar a la filosofía como opuesta a la poesía; siendo aquélla supuestamente la cristalización suprema del cientificismo, del rigor, de la conceptualización y del discurrir lógico, y a ésta -la poesía- como la imaginación suprema, el juego del lenguaje, más que lógica sentimiento. Pero una vez más volvemos a Spinoza y nos damos cuenta de qué oscuros y hueros son nuestros conceptos cuando profundizamos en ellos.
II - La crítica de la filosofía desde la filosofía. ¿Hay otra manera?
Ya decíamos en el pasado artículo que la filosofía se fagocita a sí misma para autodestruirse no teniendo otro método que usar de su lenguaje filosófico para hacerlo. ¿Qué queremos decir exactamente con eso? Es muy sencillo. Es curioso ver a los grandes críticos de la filosofía usando el mismo lenguaje filosófico para criticarla. Es decir, hacen filosofía al mismo tiempo que tratan de destruirla, lo cual es paradójico y va contra el sentido común, al menos echándole un primer vistazo.
Lo que destaca de eso que hemos decidido llamar “postmodernidad”, apelativo con el que nos referimos para clasificar toda manifestación cultural desde el fin de la Segunda Guerra Mundial hasta nuestros días, es la crítica a la filosofía, una crítica tal que es verdaderamente complicado discernir si es cierto que la filosofía en sí es estéril y por tanto está bien muerta, o, sin embargo, es la postmodernidad la que es estéril y ya es hora de matarla -lo que implicaría que la filosofía está viva-.
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