Entradas con la etiqueta ‘Santo Tomás de Aquino’

La muerte

Domingo, 21 de Marzo de 2010

Llevamos unos días que la muerte ha sido noticia. Primero, los seis años del atentado de Atocha, después Delibes, Alex Chilton y también una muerte cercana que siempre son las más dolorosas por todo lo que conllevan.

Todo esto me ha llevado a plantearme hacer un blog, desde la filosofía, sobre la muerte. Hay múltiples maneras de abordar esta temática, desde el punto metafilosófico, que es el que estoy aplicando ahora, hasta el más habitual en nuestras universidades que no es otro que el de dar citas y citas de lo que otros dicen para mostrar dos cosas: 1 ) Todo lo que has leído y 2) Lo poco que piensas. La erudición sustituye a la filosofía, al pensar por uno mismo. Cuando éste es el único, y más maravilloso y complejo, quehacer del filósofo.

Intentaré ser original: Warhol decía que sobre la muerte no podía decir nada porque sencillamente no había estado allí para contarla. Ni él ni nadie. Como no soy hindú, ni platónico, no creo en ningún ciclo de reencarnaciones, por tanto, afirmaré lo mismo que Warhol; de la muerte no sé nada en sí. No sé qué significa personalmente, pero sí pretendo saber qué significa el hecho de la muerte para una persona. Es, probablemente, el objeto de todo saber trascendental, como la religión, la metafísica o incluso el fin último de la ciencia.

La muerte es el único hecho objetivo e inamovible que ocurre en nuestras vidas
. Desde que tenemos consciencia de nosotros mismos y del mundo, lo único que podemos afirmar con firmeza, sin temor a equivocarnos, es que vamos a morir. Y esto nos hace temerla. No tememos a lo desconocido, tememos lo que no podemos controlar de ningún modo.

Lo curioso, a primera vista paradójico, es que este hecho terrible, la muerte, hace que el humano cree cosas, desarrolle el conocimiento, construya mecanismos transcendentales complejos y bien acabados, y lo que es más curioso, se aferre a su vida como lo más valioso. Es falso que la filosofía y la ciencia nacieran de la admiración hacia el mundo, como suele decirse cuando se explica en las escuelas a Tales de Mileto, sino que nacieron de la conciencia del hecho de la muerte. Y así nace todo posible saber.

Es el miedo a la muerte, a lo que no podemos controlar, lo que nos ha empujado a crear el saber filosófico, científico y religioso, que no son más que tres maneras, las mejores y quizás únicas, de explicar un hecho inexplicable o incluso de algo mucho más sencillo y terrenal, de «entretenernos» en esta vida sin pensar que pronto se va a acabar. Es lo que Heidegger llamaba «vida inauténtica», la que no nos lleva a preguntarnos constantemente por el verdadero sentido de nuestro ser, sino a simplemente vivir, ya sea consumiendo, jugando, hablando, entablando relaciones, etc. La vida auténtica llevada al extremo, la vida real, es invivible. Nos conduciría al suicidio. Que es la única manera de controlar lo incontrolable. Pero a nosotros nos gusta vivir la vida, y la defendemos, esa vida inauténtica que el conocimiento y saber humanos ha creado y seguimos creando. Un gran castillo de naipes, un gran artificio, que es nuestro «estar en el mundo», nuestra vida. La vida es humo, pero un humo nuestro. Y gracias a ese humo, mentes como la de Platón, Aristóteles, San Agustín, Santo Tomás, Leonardo, Galileo, Kant, Goya, Einstein, y algunos otros, han creado una nueva forma de vivir y de estar aquí, ni mejor ni peor, simplemente diferente y única.

Si la muerte no existiera, nada existiría. Lo único que da sentido a nuestra vida, que por inauténtica es genuina, es el hecho de que ésta se acaba. Un ser inmortal no desarrollaría lenguaje, no comería, ni copularía, no se reproduciría, no pensaría, no crearía, no imitaría, no se reiría, no lloraría, no viviría lo inauténtico, esto es, no sería nada.

Cómo no, son dos maestros de la literatura, Jorge Luis Borges y Michel Houellebecq, los que mejor y más fríamente han descrito lo que sería una vida sin muerte, una vida alejada de lo que nos «entretiene», es decir, una no-vida. Borges, en Los Inmortales, (El Aleph) lo plantea desde la pura ficción: «Sabía que en un plazo infinito le ocurren a todo hombre todas las cosas. Por sus pasadas o futuras virtudes, todo hombre es acreedor a toda bondad, pero también a toda traición, por sus infamias del pasado o del porvenir. Así como en los juegos de azar las cifras pares y las cifras impares tienden al equilibrio, así también se anulan y se corrigen el ingenio y la estolidez, y acaso el rústico poema del Cid es el contrapeso exigido por un solo epíteto de las Églogas o por una sentencia de Heráclito. El pensamiento más fugaz obedece a un dibujo invisible y puede coronar, o inaugurar, una forma secreta. Sé de quienes obraban el mal para que en los siglos futuros resultara el bien, o hubiera resultado en los ya pretéritos… Encarados así, todos nuestros actos son justos, pero también son indiferentes. No hay méritos morales o intelectuales. Homero compuso la Odisea; postulado un plazo infinito, con infinitas circunstancias y cambios, lo imposible es no componer, siquiera una vez, la Odisea. Nadie es alguien, un solo hombre inmortal es todos los hombres. Como Cornelio Agrippa, soy dios, soy héroe, soy filósofo, soy demonio y soy mundo, lo cual es una fatigosa manera de decir que no soy». Houellebecq en su Posibilidad de una Isla plantea el tema de la inmortalidad desde la ciencia, desde la clonación. La abulia, la nada, el nihilismo más absoluto llevan al protagonista, Daniel, y sus réplicas posteriores, que siguen siendo él, a huir en busca de lo «inauténtico», que no es otra cosa que la vida con el Fatum de la muerte.

La vida sin el trasfondo de la muerte, sin el Fatum, sin nuestro inequívoco destino, sería implanteable. Al igual que una muerte sin vida es imposible, una vida sin muerte carece de sentido, simplemente sin muerte no habría vida. Algo tan atroz y terrible como una vida que son todas la vidas -la inmortalidad es eso- no podemos imaginárnosla sino recurrimos a los mitos, a las parábolas, a las narraciones ficticias, porque un ser que de verdad no muriera, que llevara una vida «auténtica» en su máxima pureza sería, simplemente, el mismo hecho de la muerte. La no-vida viviendo, y eso, es una contradicción imposible.

Chesterton y Santo Tomás

Domingo, 14 de Febrero de 2010

Hasta donde hemos perdido la creencia, hemos perdido la razón. Ambos tienen la misma condición autoritaria y primaria. Ambas constituyen métodos de prueba que, a su vez, no admiten ser probados. Y en el acto de aniquilar la idea de la autoridad divina, damos al traste con aquella autoridad humana de que no podemos dispensarnos ni aún para decir que dos y dos son cuatro.

Gilbert Keith Chesterton, 1874-1936

Acabo de terminar uno de esos libros que te dejan la boca de dos maneras: uno, con un regusto amargo porque te gustaría que fuera un libro inagotable -aunque en realidad, como todos los buenos libros, es inagotable aunque su número de páginas sea finito- y dos, boquiabierto por la maestría con el que está narrado.

El gran G. K. Chesterton en menos de 250 páginas nos expone la vida de Santo Tomás de Aquino, el filósofo más influyente junto con Platón, Aristóteles, San Agustín, Kant y Hegel de la historia de la humanidad, lo que su obra supone al pensamiento y al mundo occidental, frente a la cultura orientalizante de la Nada -esto es, de la Muerte frente a la Vida- lo que supuso en su contexto, y como colofón final, el enfretamiento entre el agustino Martín Lutero y el aristotélico Aquinate, todo ello con un crítica a la modernidad sin paliativos, en la que Chesterton es un maestro como pocos.

Mientras lo iba leyendo iba pensando en cómo hacer este blog y qué iba a poner o cómo iba a resumir este libro. ¿Destacaría la crítica al luteranismo nihilista per se? ¿Destacaría la feroz defensa tomista al más puro sentido común? ¿Tomás frente Agustín? ¿Platón frente a Aristóteles? ¿Muerte o Vida? ¿El Hombre y el mundo o el Mundo y el hombre?

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El arte de la discusión

Domingo, 31 de Enero de 2010
Santo Tomás de Aquino (1225 - 1274)

Santo Tomás de Aquino (1225 - 1274)

Como bien sabían nuestros clásicos medievales, maestros, sin parangón en la historia, en el noble arte de la discusión, discutir es el más alto grado de racionalidad que puede mostrar un hombre. Por dos sencillas razones:

1) Discutir de verdad, requiere un gran esfuerzo y análisis lógico para entender, examinar y diseccionar los argumentos del otro, para poder contraatacaros.

2) Discutir, en realidad no vale para nada. Es un simple ejercicio lógico, en el que el hombre por medio de frases encabalga argumentos que reafirman lo que ya creía previamente, es decir, que ya tenía razón. Nunca se ha dado el caso que a alguien que cree firmemente en algo y lo pone a discusión, se le convenza de lo contrario. Y eso es lo increíble del discutir humano, que es lo más elevado y lo más inútil, es más, de elevado es inútil, e incluso que de inútil es elevado, como la filosofía, que en esencia es discusión.

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Humor y filosofía

Martes, 31 de Marzo de 2009

Nietzsche amonestado, una vez más, por protestar al trío arbitral, Confucio, Santo Tomás y San Agustín.

Es cierto que la filosofía es, la mayoría de las veces, árida y compleja. Pero también hay cabida para hacer humor con ella, y brindar con bebidas espirituosas contra el cartesianismo y la ilustración es una de las experiencias que recomiendo a todo el mundo y más si se hace junto a un camarero cincuentón conocido como “El Johnny” que lo máximo que ha leído son los libretos de los discos de Los Ramones.

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La amistad en Aristóteles

Jueves, 12 de Marzo de 2009

La Ética de Aristóteles

Si hay algún momento culmen en la historia del pensamiento es sin duda la ética de Aristóteles. La importancia de su libro ético capital, la Ética a Nicómaco o Ética Nicomáquea —se le conoce con cualquiera de los dos nombres— es tan inmensa que tratar de medirla sería una pérdida de tiempo. Un libro de los más influyentes de la Historia, cuya reflexión impregna todas las manifestaciones éticas y morales de sus veinticuatro siglos de existencia, incluidas, por supuesto, las de los grandes libros de las religiones monoteístas, entre ellos el judaísmo, el cual se hizo aristotélico gracias a Filón de Alejandría (20 a. C. - 50 d. C.).

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Creyentes “versus” ateos “made in” siglo XXI

Sábado, 31 de Enero de 2009

Los autobuses teológicos centran la atención de los medios

Si hay algo que caracterice realmente al ser humano es su estupidez y no su razón, y si hay algo que realmente caracterice a los tiempos en los que nos ha tocado vivir es que la estupidez, no solo no se intenta disimular, sino que se presume de ella, y si se sacan unos cuantos euros por el camino mejor que mejor.

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