Certamen
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Escritos
Tentación.
Añadida el 16-04-2009 Por violette_lilium
Tipo: relato
Apareció allí, sin previo aviso, y todos nos refugiamos.
Era de noche, obviamente, los pueblerinos, alarmados,salieron de sus casas despavoridos.
Todos actuando por un sólo ser.
Nosotros, bajo unas vigas, ocultábamos nuestra presencia bajo la lluvia que se colaba entre el viejo esqueleto de hierro que nos cobijaba mínimamente.
Él se acercaba, podía notarlo. Pero ellos no.
Noté las secas manos a mi lado, temblando. Manos que habían tratado contra mar y tierra,manos cansadas ya de sentir. Pero que en ese momento anhelaban la vida y laescapatoria cómo el más ferviente de los deseos.
El sonido de mi corazón fue lo que hizo aumentar la cercanía entre él y yo. Cada paso que daba anunciaba la claridad de lo que iba a suceder.
Pero no tenía miedo. No era miedo lo que sentía por aquella criatura.
Con unos rápidos y sigilosos movimientos, lo pude notar, observándonos. Su mirada se clavaba en mí, esos ojos azules que querían saciarse de mi ser.
Lo que no pude ni imaginar era que mis compañeros se revelarían. Y así hicieron. Eran veinte contra uno. Y aunque él, maldito y divino, podía defenderse solo, entre todos lo amasacraron a golpes, atándolo con raídas cuerdas que enrojecían su pálida y fina piel. Las antorchas de fuego iluminaron aquel frío y húmedo lugar, en aquel momento cesó la lluvia, dando paso al humo que cubría y se apoderaba de cada rincón de la abandonada fábrica. La hoguera fue encendida. Ya el monje, con su impecable hábito, traía entre sus manos la condena de aquel ser. Agua bendita, una cruz brillante, y aquella astillada estaca, que iba a proporcionarle el más sufrido arranque de vida.
Entre aquel remolino de griterío, fuego y aspavientos, no pude discernir ni tan siquiera la manera en la que estaba siendo atado de pies a cabeza sobre un viejo tronco. El monje se acercaba, se podía leer el miedo en sus ojos, mientras aquel ser lo contemplaba con infinito odio, sin poder moverse, y con el sufrimiento y el dolor ardiéndole. Y fue entonces cuando me puse en pie.
Nadie se percató apenas, todos tenían la vista fija en aquella estaca. Mi blanco vestido se había hecho trizas en el camino de la huída, habiéndose descosido y enganchado a las espinas de rosales que afloraban por aquellas tierras. Mis pasos me llevaban junto a él. Fue ese instante en el que toda vista cambió su posición. Me sentía observada. También por él.
Su mirada suplicaba disimulada entre una furia y un dolor imposibles de imaginar. Miré al monje. Me pidió que me apartase. De un rápido movimiento lo aparté yo a él. Agua, cruz y estaca cayeron junto al hábito, ahora manchado de barro, y fue recogido por los habitantes que, atónitos, observaban mi comportamiento, paralizados por el miedo. Pude escuchar algún grito de herejía hacia mi persona, pero nadie se atrevía a acercarse aún.
Lo miré. Estaba débil, apenas podía moverse .Mi rostro no adoptaba ni una mínima muestra de miedo, de ningún sentimiento. Acerqué entonces mi muñeca hacia sus marmóreos labios. Temblaba. Aquellos ojos me miraron, sorprendidos. Pude entonces ver esos inmaculados colmillos, que iban a ser mi última visión. Los noté hundiéndose en mi carne, aquel frío y pinzante dolor que me empezó a arrebatar el alma como un último suspiro.
El mundo empezó a girar sobre mí, las miradas de terror se entremezclaban, mientras la sangre de mis venas fluía por su cuerpo ahora. Recobrando la fuerza, aún pude ver cómo se deshacía de las cuerdas que lo mantenían preso, y también contemplé a los habitantes, enfurismados, de nuevo acercándose para la venganza.
Él, sin soltarme, los apartó de su camino. Noté la mirada de mis seres queridos, dolidos y asustados. No los tocó.
Estaba a punto de irme. Lo último que vi fue una sonrisa en sus labios, y de pronto noté aquel líquido fluyendo por mi boca, proporcionándome la vida que se me estaba escapando. El suelo se separó de nosotros. Y mis sentidos cambiaban, mientras el viento azotaba mi piel, agarrada a sus brazos, surcando el cielo en dirección a su hogar. Nunca más los volvería a ver, a ninguno.
. . .
Me desperté entre sábanadas de raso.
Abrí los ojos por completo, vislumbrando una oscura habitación tapada por cortinas moradas.
Él estaba allí, observándome en la oscuridad.
Sonreía.
- Grácil despertar, bella durmiente.
Era suya, por siempre jamás.




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